El aceite se coco, que se extrae del fruto de la copra, es una grasa que hace unos años se puso de moda en nuestro país para aderezar y dar sabor tanto a platos dulces como saladas, pero ¿tiene realmente beneficios nutricionales?

El aceite de coco es un gran conocido dentro de la cosmética y la belleza, sin embargo y desde hace algún tiempo también lo es en muchos platos y elaboraciones de nuestra gastronomía. Pero ¿qué beneficios tiene este aceite que se extrae del fruto de la copra?

«La copra es el fruto pelado y desecado, es decir, el coco seco. Y de ese coco seco se extrae, con diferentes técnicas, el llamado y conocido aceite de coco», explica a laSexta.com Laura Isabel Arranz, Doctora en Alimentación y Nutrición y profesora asociada a la Universidad de Barcelona.

Así, «la copra no es más que el producto que se obtiene de la desecación de la pulpa de coco (cocos nucifera, L). En este proceso de extracción, se le quita aproximadamente un 50% del agua que tiene la pulpa y queda listo para ser usado en la extracción de su aceite», añade.

De forma general, explica esta experta, «este aceite o más bien su grasa se ha utilizado y se utiliza ampliamente en cosmética ya que aporta externamente muchos beneficios a la piel y el cabello».

Sin embargo, a nivel nutricional es un aceite muy utilizado en culturas orientales, pero desde hace un tiempo también se ha puesto de moda en los países del mediterráneo para aderezar, por su sabor, numerosas elaboraciones, tanto dulces como saladas. Especialmente en repostería. Muchas personas, por su textura, lo usan incluso como sustituto a la mantequilla.

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Pero pese a lo novedoso del aceite de coco en nuestra cultura, en el ámbito de la gastronomía, «sus beneficios nutricionales realmente no lo son tanto, más aún si lo comparamos con el aceite de oliva virgen extra», afirma Arranz. Según explica, el aceite de coco es una grasa vegetal refinada que se compone básicamente de grasas saturadas. Y son precisamente estas grasas -junto con las grasas trans- las que debemos disminuir si queremos llevar una alimentación saludable».

Reducir el consumo de grasas saturadas
De forma más detallada, podemos decir que «el aceite de coco tiene un 82,5% de grasas saturadas, por eso es una grasa sólida a temperatura ambiente, mientras que el aceite de oliva virgen extra solo tiene un 14,2%», explica la doctora. Por otro lado, el aceite de coco contiene una cantidad muy pequeña de ácidos grasos monoinsaturadas, cosa que no pasa con el aceite de oliva virgen extra.

«El aceite de oliva virgen extra tiene un 78,2% de grasas monoinsaturadas que han demostrado un gran potencial para la salud tanto a nivel cardiovascular, como del sistema nervioso y otros sistemas en nuestro organismo. Su consumo aporta beneficios que se han constatado ampliamente en muchos estudios sobre dieta mediterránea», explica Arranz. De ahí, que los especialistas recomienden el aceite de oliva tanto para cocinar como para aliñar.

Además, también el aceite de oliva contiene otros nutrientes y minerales como «una gran cantidad de vitamina E, pro-vitamina A, fitosteroles y antioxidantes que no están presentes en el aceite de coco», aclara Arranz. Por último, cabe destacar -apunta la doctora- que el aceite de coco contiene ácido laúrico, un aceite vegetal al que se le atribuyen muchas propiedades saludables, sin embargo, «estas cualidades están todavía en estudio».

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Recordemos que dentro de las grasas existen tres clasificaciones: las llamadas grasas saludables o grasas insaturadas, entre las que se encuentran las grasas mooinsaturadas y poolinsaturadas (dentro de las polinsaturadas, encontramos los famosos ácidos omega 3 y omega 6); las grasas saturadas, presentes en las carnes rojas, los quesos muy curados o las mantequillas y por último, las grasas trans, presentes en la bollería industrial y en muchos productos ultraprocesados.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las grasas saturadas no deberían suponer más del 10% de nuestra dieta y deben predominar las grasas saludables (aceite de oliva, frutos secos, pescado azul, aguacate y semillas) que además de ser grasas cardiosaludables tienen un alto grado de saciedad que las hace aliadas para la pérdida de peso. En general, sostiene la OMS, las grasas no deben suponer más del 30% de nuestra ingesta calórica diaria.

Es por ello, concluye Arranz, que no existe un consumo determinado de aceite de coco, simplemente podemos decir que este aceite «se engloba dentro de las grasas saturadas y como tal no debemos abusar de él: el consumo de grasas saturadas no deben suponer más del 10% total de nuestra ingesta total, mejor aún si es el 7%»