Occidente derrumbaba de esa manera a un visir o consejero, presente desde tiempos inmemoriales en el ajedrez, como el segundo al mando de un batallón de peones, alfiles, torres y caballos.

Era como si la reina Leonor, defensora de la fidelidad del amor y protectora de trovadores enamorados, diera otra batalla más política: la de desmasculinizar el juego, tal y como llegó de Oriente, para empoderar a las mujeres de su época. Esa conquista, a través de una reina de marfil, madera, metal, barro o cualquier material, simbolizaba la lucha de la mujer del siglo XII por encontrar su lugar en un mundo gobernado por hombres.

La tarea de insertar a la mujer en el ajedrez fue profundizada por la reina Isabel I de Castilla, cuando impuso nuevas reglas al juego y le dio mayor movilidad a la dama. Mientras ella pasea en línea recta o en diagonal por todo el tablero, causando estragos entre los enemigos, su marido, el rey, da pasos a tientas.

La reina en el ajedrez de la guerra, que Leonor había impulsado, es el equivalente a la reina en el ajedrez de las pasiones, que la misma Leonor movió en el territorio de la cortesía amorosa. Y al igual que en el juego, en el amor se impusieron directrices.

El código del amor cortés arranca con la norma de normas, la regla fundamental: “El matrimonio no es excusa suficiente para no amar”. Después de esa sentencia, siguen los imperativos del amor: el que no siente celos no puede amar; nadie puede estar comprometido con dos amores; no sabe a nada lo que el amante consigue contra la voluntad de su pareja; el amor suele huir siempre de la casa de la avaricia; el verdadero amante no quiere más abrazos que los de la mujer que ama; el amor a voces suele durar raras veces; la contemplación imprevista de la amada hace estremecer el corazón del amante; el enamorado siempre está temeroso; el amor no puede hartarse de las caricias de su amante; el verdadero amante tiene siempre ante sí la imagen de su amada.

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El código del amor cortés y el código del ajedrez juegan la misma partida y en ambos casos le hacen jaque al sexo masculino porque, más allá del escenario donde estén puestas las fichas, el hombre sucumbe a los encantos femeninos.